miércoles, 19 de junio de 2019

San Agustín y la Ciudad de Dios


“Las continuas referencias a la historia romana fueron resignificadas en la medida que fueron pretexto para mostrar la alteridad y diferencia entre los espíritus de las dos ciudades: por una parte, la relatividad del sufrimiento terreno y la gratuidad de las expectativas de felicidad mundana; y por la otra, la verdadera promesa, a saber, la dicha eterna.”[1]
Gaius Vibius Volusianus, Emperador romano, (251 – 253) con Treboniano Galo (251-253), sostenía que los pensamientos de la doctrina cristiana colocaban en riesgo y eran poco convenientes para el Estado, a su postura era claro que Agustín (Aurelius Augustinus Hipponensis; Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hipona, 28 de agosto de 430) no estaría de acuerdo y le respondió “¿No escribió Salustio de los grandes hombres que gobernaron y engrandecieron la República, que preferían perdonar las injurias que vengarlas? ¿No alabó Cicerón a César por no haber olvidado más que una cosa, las ofensas?”[2], Agustín cristiano y creyente, sigue las doctrinas de Jesucristo, contesta y hace alusión al perdonar al otro, a colocar la otra mejilla, a dejar pasar, a la no venganza y a no hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran, antes se hablaba de la ley del Talión ojo por ojo, diente por diente, con Cristo eso cambió, porque llegó a enseñarnos el mandamiento del amor y tenía como base fundamental devolver bien por mal.
Agustín aborda el origen las dos ciudades la ciudad de Dios y la mundana, la ciudad de Dios se centra en el amor a Dios y a lo espiritual, la ciudad terrenal se centra en el amor al hombre por sí mismo.
La frase “cree para comprender y comprende para creer”[3]  Agustín reafirma su pensamiento donde, para poder comprender, primero es la fe en el cristianismo que predispone al entendimiento de la ciencia y del conocimiento, Jesucristo era un hombre de fe, un ser transformador, él hablaba de tener fe para ser salvo como los casos bíblicos de Saqueo, María Magdalena, muchos leprosos, lisiados, ciegos, que gozaron de la sanidad y transformación física y espiritual por creer. Primero es la fe y todos los senderos nos deben conducir a Dios trino, que se conoce como el misterio de la santísima trinidad, tres personas diferentes y un solo Dios verdadero, cada uno tiene una misión el padre creó, el hijo salvó y el espíritu santo nos ilumina, es un misterio porque nuestra naturaleza humana no lo puede ni va a comprender, pero por medio de la fe lo aceptamos y creemos.
Agustín en la ciudad terrenal nos muestra la acción del mal en los hombres, Babilonia, representada por Caín, el orgullo, el dominio de la envidia, dureza de corazón, esto lo llevó a quitarle la vida a su hermano y esto lo llevó a perder la gracia de Dios, lo relegaron al abandono y a vagar sin la bendición divina, por otra parte, la ciudad de Dios nos muestra a los fieles de Dios, La Jerusalén, tribus del señor, como Abel, joven consagrado, pese al odio proveniente de su hermano nunca perdió el rumbo en Dios, siempre le ofrecía lo mejor a su Dios por medio de holocaustos y lo reconocía como su todo, ser humano humilde, de corazón puro, siempre dispuesto a servir y abnegado a Dios y sus designios, la verdad espiritual, el camino a la vida eterna y las promesas de lo siguiente, del paso después de la muerte, la pascua, el gozo de la doctrina y el caminar en la fe. Agustín establece una comparación entre la historia bíblica de Caín y Abel y la historia de la fundación de Roma con Rómulo y Remo.
“Al final de los tiempos vencerá la Ciudad de Dios y reinará por siempre la paz […] llegará a su final cuando La Ciudad de Dios venza a la Ciudad Terrenal y sea Dios quien gobierne. Ya no habrá necesidad de política, sino sólo de la ética, pues, como se comprende, Agustín está expresando sus habilidades persuasivas de enseñanza de los valores cristianos.”[4]
Agustín nos enseña su concepto de ética y este predomina a su concepto de política, pues, no solo es regular las sociedades, comportamientos de las personas y establecer límites, principios y reglas de juego para poder coexistir en armonía y quién o quienes la ejerzan deben ser personas humanas, que sean éticas, no se puede tener el arte de gobernar es decir, el arte de la política sin ser éticos, pero no cualquier ética, sino la ética cristiana, donde los creyentes en Cristo deben actuar con justicia, equidad, sentido de respeto y responsabilidad por el otro, poner primero y ante todo los valores morales y enseñarlos con palabras y acciones, es decir, hablar y actuar.
A partir de la resurrección de Cristo sus seguidores celebran el día del señor, en honor a que venció la muerte, el pecado, la oscuridad, las tinieblas y les hizo hombres libres, todos los que creen en su doctrina tendrán vida eterna y resucitarán de igual manera, caminaran en la luz que es Él.
“En todos los pensadores, de manera especial en Agustín, es imposible separar su pensamiento filosófico, su sistema de creencias, su biografía, su contexto histórico y social, sus intenciones, su estilo descriptivo, narrativo y argumentativo y la mentalidad de la época.”[5]
Agustín representa un hombre de fe, un hombre íntegro uno de los tantos pensadores cristianos en la historia de la humanidad, que nos dejó un legado por sus acciones de vida, coherencia en el actuar.


[1] San Agustín y La Ciudad de Dios. Una lectura a su pensamiento analítico, simbólico y hermenéutico en su filosofía de la historia, Dr. Miguel Agustín Romero Morett, página 2.
[2] San Agustín y La Ciudad de Dios. Una lectura a su pensamiento analítico, simbólico y hermenéutico en su filosofía de la historia, Dr. Miguel Agustín Romero Morett, página 3.
[3] Agustín (Aurelius Augustinus Hipponensis; Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hipona, 28 de agosto de 430).
[4] San Agustín y La Ciudad de Dios. Una lectura a su pensamiento analítico, simbólico y hermenéutico en su filosofía de la historia, Dr. Miguel Agustín Romero Morett, página 6.
[5] San Agustín y La Ciudad de Dios. Una lectura a su pensamiento analítico, simbólico y hermenéutico en su filosofía de la historia, Dr. Miguel Agustín Romero Morett, página 7.

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